Qué duro es echar de menos, despertarte cada mañana con esa sensación en la base del estómago. Qué difícil sacar los pies de la cama, y después el resto del cuerpo, y de desayunar exactamente los mismos cereales que cuando estaban juntos. Y que el olor a café te recuerde las risas antes de irnos a trabajar, los abrazos por la espalda mientras untabas mantequilla a tus tostadas.
Qué raro ducharte sola, sin que nadie te enjabone la espalda y te cubra el cuello de besos.Ir atrabajar con el auto en silencio, sin la música atronadora que sonaba siempre que él estaba sentado en el asiento de al lado. Qué duro es echar de menos, no descansar en la hora del almuerzo, porque no tienes a nadie a quien llamar para preguntar cómo le fue el día. Trabajar hasta que se hace de noche, quedarte de última para no regresar a una casa tán vacía como tú desde que él se fue. Irte a hacer las compras a las once y trece de la noche, sólo por retrasar el momento sin ve sus zapatillas en el recibidor.Y qué difícil abrir la puerta con todas las bolsas, y darte cuenta de que tendrás que colocar todo eso tu sola, sin él. Sentarte en el suelo y llorar como la niña que en el fondo eres, ahogarte en tus lagrimas hasta que se acaben y ponerte de pie otra vez. Qué duro irte a la cama sin cenar, deseando que acabe este día eterno y descansar la cabeza por fin en la almohada. Y qué estúpido darte cuenta de que después de este viene otro, y luego otro, y otro, y otro más, y así sucesivamente hasta que aprendas a colocar las dos manos en el borde, impulsarte, y salir del agujero.

