…Es un tiempo de “amor” y de “paz”, de regalos, comidas (cadáveres en tu mesa), encuentros familiares… Y ya pueden venderme la idea más romántica y preciosa de la Navidad que a mí, no me afecta. Sigue sin gustarme.
La odio. Profundamente.
Lo del amor y la paz me produce escalofríos. Es como si el ser humano estuviera programado para amar y estar en paz y armonía esos días del año. Específicamente esos. El resto del año tiene como una especie de carta blanca para ser anodino (ni bueno, ni malo) o un verdadero hijo de puta. Perdonen que sea tan grosera pero no sé cómo expresalo con la contundencia que requiere.
Cuando estoy poniendo las lucecitas de mierda, siempre me imagino que los extraterrestres que nos controlan, nos han insertado una especie de temporizador con una serie de botoncitos. Se divierten jugando con nosotros y, en Navidad, nos colocan en el mode Xmas, para que se activen esas características navideñas del amor y la solidaridad.
El que me decía eso de la paz y el amor tiene a su madre internada en una residencia de ancianos a la que no va nunca. Eso sí, en Navidad come con ella.
Lo de los regalos me supera. La mayoría de las veces son intercambios de obsequios medidos por su valor económico: “Yo te regalo tu perfume favorito que me cuesta 60 pesos y espero que tú te gastes lo mismo en el mío”. La gente acude en manada a los centros comerciales y compra sin ilusión. Son pocos los que invierten su tiempo en regalar de verdad. Se limitan a fijar el dispendio y obvian todo lo que tiene de ritual: pensar en el destinatario, en sus gustos. Buscar lo que crees mejor, encontrarlo y hacer que te lo envuelvan con “amor”. Es por eso que los días posteriores a las fiestas navideñas, las tiendas saben que tendrán un torbellino de devoluciones. Todo es consecuencia del no querer regalar y, por lo tanto, regalar mal.
No puedo evitar en pensar en todo esa superficialidad cuando el camión de basura recorre las calles y, de madrugada, veo todas esas cajas y bolsas amontonándose en los contenedores de basura la ciudad. Eso sí, papel con papel, plástico con plástico…
Odio Navidad.
Y aún más desde el apagón del 2018. Demasiadas Cumbres Internacionales sobre el cambio climático y poco trabajo efectivo para corregir nuestros excesos. Tras la crisis mundial que se inició en el 2009, llegaron los tiempos difíciles. Cuando en el 2016 por fin se vio la luz, se inició una etapa de nueva euforia consumista. Al mismo tiempo, el invierno empezó a ser más extremo y lo mismo pasó con el verano.
En Diciembre del 2018, todas las ciudades del mundo se engalanaron con millones de luces navideñas. Aunque eran portentos del bajo consumo, la tierra superpoblada, se llenó de bombillas de colores que anunciaban la alegría de los buenos tiempos que se avecinaban. Las temperaturas bajo cero hicieron que la población mundial pusiera en marcha sus aparatos de calefacción mientras la otra mitad de ese mundo, sofocado por el calor tropical, hacía lo propio con los de aire acondicionado.
No se sabe por qué, todo ocurrió en el mismo segundo pero lo único que se recuerda es aquel gran puuuufffffff y, después, la oscuridad total.
La tierra se apagó completamente. Era la Navidad del 2018.
¿Lo entiendes? ¿Entiendes por qué odio la Navidad?

