Una mañana de abril me levante exhausta de la cama, tenía esa sensación de miedo en el estomago por todo lo que había pasado ayer, y ese sabor que nos regala en la boca las horas de sueño, que cruel que se sentía el silencio en la mesa de la cocina, pues ya no había quien me contase como le fue el día anterior, ni quien me bañara de besos en la ducha de la regadera, ni quien me arruinase mi labial favorito antes de ir a trabajar, que aburrido era no tener a quien untarle mantequilla a sus tostadas, y que incomodo ese silencio que habitaba a mi alrededor, cuando a penas hacia el esfuerzo de mantener los pies en la tierra y no ahogarme en recuerdos tontos de alguien a quien nunca me perteneció. Pero ese no era el hecho, la vida daba vueltas y vueltas, los minutos se me escapaban de las manos y el reloj no me perdonaba las memorias, nunca me imagine que extrañar fuera así de difícil, lo cual me resultaba imposible de tolerar por todos los días que pasaba sin él. Y pensar que por un momento creí haberle importado un poquito, nunca volvió, nunca regreso como todas las películas de Disney indicaban que lo haría, ¿Dónde quedaron los finales felices que nos contaban en los cuentos de hadas?,a medida que vas creciendo te das cuenta de que, ¡no!, ¡las princesas no existen!, tu no eres una, eres solo una chica que vive en un mundo donde las personas tienen la maldita posibilidad de irse “muy lejos”- O al menos eso dicen- y arrasar tu corazón con sus garras de bestia y partírtelo en mil pedazos, aunque no les importe lo doloroso que eso significa que sea para tí....Y entonces empiezas a ver la vida desde otro punto de vista, pero eso ya no importa, porque tú no quieres nada sin él.

