Los labios me arden, crecen irritados por el roce.
Mi lengua está dormida, se confunde entre mis encías, se esconde para que deje de presionarla, de verter sobre ella mi culpa.
Mis manos sangran, mis nudillos han cedido ante mi obsesión y mi locura y se han roto ante las cuchilladas a las que les sometían mis dientes, mi mano no puede más, está muerta, se niega a seguir siendo cómplice de mi acto de redención.
Mis uñas han perdido el esmalte atacadas por los jugos gástricos que se quejan una y otra vez de que ese no es su sitio.
Mi tripa chilla de dolor, arde, hace que me retuerza en el suelo, quema, me quema. Me recrimina todo el sufrimiento que la estoy provocando, que me estoy causando. Es ella, mi amiga la bulimia, esa que tanto me quiere, ¿algún día se separarán nuestros caminos Mía?
Ana me abandona por momentos y ella es mi única salvación, viene a rescatarme, pero siempre por un precio que se lleva bañado en humillación. Mía me castiga, me hace sentir hundida, se ríe y disfruta mientras me inclino para escupir mi vida por el escusado. Disfruta mientras me grita por lo débil que soy.
El picante que comí quema mi esófago y me abrasa al salir por mi boca. Mi cuerpo se debilita a cada nueva arcada con la que arremeto a mi organismo, el esfuerzo me hace tambalear. Escucho mi cuerpo por dentro y oigo el rítmico latido de mi corazón acelerándose, gritándome que pare, que sigo viva aunque yo no lo sienta así.
Me miro al espejo, soy tan patética, ¿donde está mi fuerza de voluntad?. Hoy ni el buen tiempo logra que sea medio feliz.

